viernes, 1 de octubre de 2010

Leyendo en el bus (artículo)


Hoy en la mañana, luego de terminar un horrible exámen de Física en el colegio, leí algo que llamó mi atención y me pareció divertido, la realidad de mucho lectores en Panamá.
El artículo es del suplemento Ellas del periódioco La Prensa y se titula "Leyendo en el bus", aquí se los dejo:


Un gentil amigo me ha regalado el libro Cuentos breves para seguir leyendo en el bus. No he querido quitarle el plástico, lo conservo así por un ratito para demorar el momento feliz de sentir el olor a libro nuevo.

No sé si está bueno o bien maluco, pero me enganchó el título porque llevo rato cultivando el mal hábito de leer en los buses.
En la portada del libro aparece una mujer concentrada en la lectura; claramente va en un autobús de lujo porque es espacioso, no hay una señora reclinada en su hombro, no me da la impresión de que un “pavo” esté gritando “córrase para atrás”.

Está mujer está casi como en la sala de su casa, leyendo.

Si dije hace un rato que tengo el mal hábito de leer en buses es porque cuando la gente se entera o me pilla con las manos en las hojas, enseguida empieza el interrogatorio: ¿no te da dolor de cabeza?, ¿no te mareas?, ¿no se te cansa la vista?

A todo respondo que no y sigo leyendo.

Leo cuando se sube el señor a vender Doritos, chicles, rizadas y maní turrón a 25 centavos.

Leo cuando, sin ánimo de molestar, se presenta el joven de la alcancía para pedir por algún remoto comedor infantil y siempre sentencia que el día de mañana no es prometido para nadie.

Leo cuando el “diablo rojo” va a 120 km por hora en la curva de Calle 50 y todos nos vamos de lado rogando por no salir disparados por una ventana.

Leo cuando una señora me pone una cartera gigante en el hombro, cuando la punta de un paraguas me amenaza un ojo, cuando el “pavo” grita que los puestos de la izquierda son de a tres.

Leo cuando las ventanas están cerradas porque llueve, cae una gota encima de mi libro y pienso que para rematar en el bus hay goteras, pero al mirar arriba descubro que es un señor de pie que no sabe cómo hacer porque está chorreando sudor y ya tiene la toallita de rayas empapada.

Leo cuando el vecino se queda mirando fijamente para ver qué estoy leyendo, si estoy de humor lo dejo mirar; si no, pongo la mano para proteger la privacidad de mi lectura. Vidajena.

Sigo leyendo si alguien me pregunta si soy pastora, predicadora, profesora universitaria o estudiante. Al parecer esos son los únicos que leen en este país.

Cuando ya se está haciendo de noche y apenas me alumbran las lucecitas de las lámparas de la calle, yo araño los últimos rayitos de luz e insisto en mi lectura, no importa que siempre revoletee alguien que me censura, me regaña, me advierte del peligro que corre mi vista.

Quizás el tiempo les de razón, pero todavía en esos viajes largos al interior disfruto del vicio de leer en medio de brincos ocasionados por la falta de buenos amortiguadores en nuestro transporte público.
Por: Roxana Muñoz

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